Páginas de Miguel de Cervantes
EL QUIJOTE Y LA PROSA DE MACHADO DE ASSIS
Maria Augusta Costa Vieira
Publicado originalmente em Bulletin of Spanish Studies
En 1998, al referirse a la galería de autores que introdujeron en sus novelas nítidos elementos quijotescos, Riley incluyó el nombre de Machado de Assis junto al de Fielding, Sterne, Flaubert, Dostoievski y Galdós, entre otros. La conferencia que presentó en la Universidad de San Pablo, en el momento en que también ofrecía un curso de posgrado sobre Cervantes, se centró en la singularidad de la fama de Don Quijote. [1]
Sin duda, la obra de Cervantes, especialmente el Quijote, incidió de forma fecunda no sólo en la obra de varios escritores europeos sino también en la de algunos brasileños del siglo XIX y de modo inventivo en la prosa de Machado de Assis, uno de los mayores, o tal vez, el mayor autor nacional. Viviendo en Río de Janeiro y sin haber salido nunca del país, ni siquiera del propio estado, el novelista brasileño que descendía de esclavos libertos conservó en su biblioteca un ejemplar del Quijote y otro de las Novelas Ejemplares entre muchos títulos que recorrían las diversas literaturas europeas de diferentes épocas: compendios de historia general e historia natural, biografías, estudios filosóficos, teológicos, políticos, gramaticales y de crítica literaria. Por lo que se sabe, la Biblia, Prometeo, Hamlet y el Quijote eran sus libros de cabecera.[2]
Aunque la crítica haya incluido frecuentemente a Cervantes entre los autores que tienen eco en la obra de Machado de Assis por el humor y por la ironía, resulta curioso observar que no se detuvo ni en las líneas y menos aún en las entrelíneas de las posibles resonancias de la obra cervantina en la prosa del autor brasileño y, la mayoría de las veces, se limitó a realizar breves menciones. En general, los críticos han recalcado, predominantemente, las raíces inglesas y francesas presentes en su prosa narrativa y a menudo han llamado la atención sobre la acentuada presencia de algunos filósofos como Schopenhauer y Pascal - quienes nutrieron su visión de mundo un tanto desoladora - además de Montaigne y Voltaire, entre otros. Machado de Assis reunía una amplia cultura en un momento en que las estadísticas oficiales de la época, alrededor de 1870, indicaban que sólo un 30% de la nación sabía leer. Una cultura amplia, sobre todo si se tienen en cuenta las condiciones que la vida le ofreció: el novelista era mestizo, tartamudo, epiléptico, tímido, huérfano de madre a los diez años y originario de una familia que vivió muy modestamente en los arrabales de Río de Janeiro. Los caminos sinuosos que lo condujeron de los suburbios al centro de la ciudad supusieron un esfuerzo y la superación de obstáculos que la sociedad esclavista y elitista del siglo XIX le imponía. Pero no se trata aquí de recurrir al impulso romántico, casi irresistible, de aliar el genio creador a una vida ardua, cargada de sufrimientos y dificultades, como muchas veces se ha hecho en relación a la biografía de Cervantes, ya que tal procedimiento en sí mismo no presenta ninguna eficacia en el análisis de la calidad literaria.[3] Machado de Assis fue bastante reservado en relación a su vida privada, de ahí la dificultad de identificar correspondencias, muchas veces ilusorias, entre la vida y la obra. Por otro lado, presentó fuertes objeciones a las estampas superficiales que solían hacerse del cuadro social, con la intención de espejar las problemáticas de su época. En su producción narrativa, rechazó radicalmente la tradición que en la novela de corte romántico explotaba la naturaleza y el color local, y en ese sentido, trató de analizar las capas más profundas de la sociedad de su tiempo y la complejidad humana a partir de anécdotas y detalles aparentemente triviales.[4]
No ha sido sólo con respecto a Cervantes que la crítica ha señalado el alto grado de conciencia en relación a su propia creación, característica que resulta evidente - entre otras cosas- cuando observamos especialmente los procedimientos metalingüísticos que adoptó. También en relación a la narrativa machadiana se ha destacado la amplia reflexión sobre la composición literaria como un aspecto significativamente innovador que, por medio del procedimiento metalingüístico, analiza la lengua y el lenguaje y se indaga a sí misma acerca de la propia representación y del destino de los personajes, entablando un intenso diálogo con el lector.[5] Esta familiaridad que el lector atento encuentra entre la prosa de Cervantes, más precisamente la del Quijote, y la producción de Machado de Assis a partir de Memórias póstumas de Brás Cubas - o sea, a partir de 1880-1- momento fundamental de su madurez como escritor, parece concentrarse en una cierta condición particular que la lectura experimenta motivada por la exploración de recursos que la explotación del metalenguaje ofrece.
En este caso, los vínculos entre la prosa del novelista español y la del brasileño van más allá de lo que se observa en la tradición de la novela occidental. O sea, no sería suficiente considerar de modo genérico que las marcas de la obra de Cervantes están presentes en la prosa machadiana de la misma forma en que, grosso modo, toda novela, en alguna medida, debe su tributo al Quijote. Como subrayó Riley, la historia del ingenioso caballero constituye un punto de intersección entre el pasado y el futuro del género.[6] La obra cervantina se encuentra en la matriz de la novela y a partir del contacto, efectivo o no, consciente o no, está presente en la propia reminiscencia de la forma. En el caso de Machado de Assis otros referentes intervienen creando matices diferenciadores en ese diálogo intertextual. Sus conexiones con la prosa de Cervantes recuperan también aspectos de la escritura cervantina, superan la propia condición del héroe de la novela moderna y abarcan algo más de la compleja composición literaria de Cervantes.
Todo indica que Machado, como Cervantes, concebía la literatura como un océano en el que las aguas se entremezclan continuamente. Dice en Esaú e Jacó (1904), como legitimando un procedimiento considerablemente intensificado a partir de Memórias póstumas de Brás Cubas (1880-1):
as próprias idéias nem sempre conservam o nome do pai; muitas aparecem órfãs, nascidas de nada e de ninguém. Cada um pega delas, verte-las como pode, e vai levá-las à feira, onde todos as têm por suas.
Quien destacó la proximidad entre Cervantes y Machado fue Carlos Fuentes, que consideró al novelista brasileño como el único autor de la América Latina del siglo XIX que siguió las sendas de Cervantes, inscribiéndose dentro de lo que designó como tradición de la Mancha. Considera a Machado una excepción dentro del contexto iberoamericano en parte marcado por la hispanofobia motivada por los movimientos independentistas. Mientras la América hispánica tiene que esperar el siglo XX para la creación de la nueva novela, en pleno siglo XIX surge en Brasil una voz única afiliada al linaje iniciado por el autor del Quijote, en el que aparece una exuberante vitalidad imaginativa, una innovación en el uso de la ironía, un juego narrativo creado a partir de la digresión y de la mezcla de géneros.[7]
Las reflexiones de Fuentes, antes señaladas, parten esencialmente de Memórias póstumas de Brás Cubas, novela que se encuentra en la fundación del género novela dentro de la historia literaria brasileña y que, a primera vista, no remite al Quijote por varios motivos, especialmente, por la condición de su narrador/personaje, que es un difunto - Brás Cubas -, y por la ausencia de toda veleidad épica a lo largo de una vida marcada por acciones inexpresivas. Por medio de una estructura episódica, la obra penetra en el cuadro de la vida humana a partir de la visión de un narrador cuya actitud muchas veces linda con la locura, con el humor y con la amargura, además de disfrutar de una condición muy especial que es la de relatar su propia historia desde la otra vida. La paradoja inicial de la obra poco a poco es conducida hacia el campo de lo plausible, gracias a las digresiones y a los diálogos con el lector.[8] Los puntos de conexión con el Quijote no están, por tanto, ni en el heroísmo ni tampoco en su ausencia sino en la similitud que se establece con el modo de contar la historia, con la ironía radical del narrador y con la relación que este traba con el lector. Las intervenciones metalingüísticas desplazan al lector de lo anecdótico y lo llevan a la reflexión sobre el proceso de enunciación y de recepción de la propia obra.[9]
Hasta hoy, las relaciones que la crítica estableció entre la obra machadiana y el Quijote evitaron las conexiones que llevarían a pensar inmediatamente en la historia del caballero manchego, o sea, en los aspectos relacionados con la historia y las imágenes, y buscaron las correspondencias que se dan en el ámbito de la técnica literaria. Sin embargo, en las varias novelas y cuentos de Machado de Assis, con frecuencia, se encuentran alusiones, imágenes e incluso escenas e historias que nos remiten a fragmentos del Quijote, además del retorno continuo al tema de la locura. Para mencionar nada más que algunos pocos ejemplos, podríamos recurrir a la alusión a la bacía de barbero que Rubião, al final de la novela Quincas Borba, no se pone en la cabeza, o al cuento Pílades e Orestes que parece remitir a la novela del Curioso impertinente; o incluso al cuento A desejada das gentes que parece recrear una situación entre el tío y la sobrina con algunos rasgos semejantes a lo que sucede en la casa de Alonso Quijano, el Bueno. Se trata de alusiones y recreaciones abreviadas que, aunque carezcan de comprobación precisa, nos remiten a la obra de Cervantes. Sin embargo, algo bastante particular sucede en O Alienista, un cuento extenso, publicado en la compilación Papéis avulsos de 1882, un año después de la aparición de Memórias póstumas, y que, como ya observamos, representa para el escritor cuentista lo mismo que las Memórias póstumas de Brás Cubas para el escritor novelista.[10]
La historia se desarrolla en Itaguaí, una pequeña ciudad del estado de Río de Janeiro, durante el período colonial y se sitúa, probablemente, poco tiempo después de la Revolución Francesa. La historia está enclavada, por tanto, en un pequeño pueblo de un Brasil atrasado y lo que se narra es la sumisión de prácticamente toda la comunidad de Itaguaí a una experiencia con objetivos claramente científicos sobre la locura y la sensatez humanas. Todo indica que Machado cumple con las exigencias que defiende en un estudio sobre la literatura intitulado Instinto de nacionalidade: ‘o que se deve exigir do escritor antes de tudo é certo sentimento íntimo que o torne homem de seu tempo e do seu país, ainda quando trate de assuntos remotos no tempo e no espaço’. A partir de Itaguaí, tanto se adentra en un Brasil provinciano como se revelan aspectos del alma humana por medio de una investigación que se dice científica y que es ni más ni menos que la idea fija del personaje central.
Simão Bacamarte, así se llama ‘o maior dos médicos do Brasil, de Portugal e das Espanhas’, ‘filho da nobreza da terra’ se dedica integralmente a la ciencia. Estudió en Portugal y desestimó la invitación del rey para regir la Universidad de Coimbra y también para hacerse cargo de los negocios de la monarquía en Lisboa. Se justificó diciendo: ‘a ciência [...] é o meu emprego único; Itaguaí é o meu universo’.[11] Dejó Portugal, abrazó Itaguaí y los estudios científicos, alternando los tratamientos médicos con muchas lecturas. La cuestión era investigar la locura, encontrar sus parámetros y los tratamientos apropiados.
Basándose en la ciencia, es decir, examinando en detalle las condiciones fisiológicas, escoge a su esposa, Da. Evarista, seguro de que ésta sería capaz de tener hijos sanos e inteligentes, sin importarle en absoluto ni la aparencia ni la simpatía de la mujer. A los cuarenta años se casa y, para su decepción, la dinastía de los Bacamarte no germina. A partir de ahí, abandona la idea de la paternidad, da otro curso a sus intereses y se dedica integralmente a la investigación de la patología cerebral, o sea, al estudio profundo de la locura, de sus diversos grados, de sus causas y de la forma de curarla. Como él mismo dice, ‘a saúde da alma [...] é a ocupação mais digna do médico’. El boticario del pueblo, Crispim Soares, se une a Simão Bacamarte y lo acompaña en su embestida sobre la locura. El médico decide que es fundamental poner a todos los locos en una misma casa, lo que al cura de la ciudad le parece una idea disparatada. Con el apoyo de los políticos del pueblo se crea un asilo que en poco tiempo se llena de diversos tipos de locura. Mucha gente de la ciudad, considerada perfectamente normal, fue condenada al asilo por determinación de Bacamarte, quien examinaba clínicamente a toda la población con el objeto de encontrarle algún rasgo de locura. Sucedió que el asilo se llenó de personas que presentaban algún tipo de mezquindad, de egoísmo, de vanidad, en fin, comportamientos no muy éticos que se podían encuadrar en alguna de sus categorías de la locura. La ciudad se rebeló, pues, a los ojos populares, la casa de tratamiento se había convertido en un centro de poder desde donde se emitían veredictos tiránicos en nombre de la ciencia. La rebelión popular comandada por el barbero de la ciudad, que tenía aspiraciones políticas, exigía el cierre de la casa. Simão Bacamarte revisó el curso de sus investigaciones y con toda la tranquilidad que la situación exigía decidió que todos los pacientes serían puestos en libertad. Adoptó otro parámetro para el estudio de la locura y comenzó a internar a aquellos que serían minoría, o sea, a los que disponían de alguna virtud moral para, finalmente, dividirlos en clases: los modestos, los tolerantes, los leales, los sinceros, los sagaces, entre otros, y trató de aplicarles la medicación capaz de desenvolver la calidad opuesta. El método fue extremadamente eficiente y, de esta forma, los simples pasaron a ser vanidosos, los modestos, orgullosos, los tolerantes, intolerantes y así sucesivamente. En poco tiempo, el asilo estaba vacío. Finalmente – como dice el narrador, apoyándose en el relato de los cronistas –, Bacamarte encontró en sí mismo las características del perfecto equilibrio mental y moral. Con la racionalidad digna de un científico, juzgó que, en realidad, él era el loco de Itaguaí: se internó solitario en el asilo y murió diecisiete meses después.
Simão Bacamarte tiene a toda la población de Itaguaí a alrededor de sí pero algunas figuras se destacan, entre ellas la del cura y la del barbero, que cuestionan la sensatez de las investigaciones del médico sobre la locura. Además, en el círculo más restricto, está su esposa que, en realidad, es una ama de casa incapaz de entender la importancia de los estudios de Bacamarte. Está también el boticario que acompaña los pasos del médico y que, en algunos momentos, revela cierta complicidad y, en otros, miedo e inseguridad frente a las posibles resistencias que las acciones prácticas del científico podrían despertar en toda la población de Itaguaí. Es un personaje ingenuo y un tanto pueril. Desempeña, en parte, el papel de Sancho Panza. Es curioso observar que como Don Quijote, Simão Bacamarte tiene en su entorno a un cura, un barbero, una esposa que concentra el papel del ama y de la sobrina, además del boticario que hace las veces de escudero. Sin embargo, el relato no busca explicitar las simetrías con la historia del caballero manchego a no ser por medio de una imagen que fija la analogía con Don Quijote y Sancho.
En la despedida de la esposa de Bacamarte, que parte con una comitiva para Río de Janeiro en la que se incluye la esposa del boticario, el narrador describe la imagen del médico al lado de Crispim Soares al regresar a sus casas :
E partiu a comitiva. Crispim Soares [o boticário], ao tornar a casa, trazia os olhos entre as duas orelhas da besta ruana em que vinha montado; Simão Bacamarte alongava os seus pelo horizonte adiante, deixando ao cavalo a responsabilidade do regresso. Imagem vivaz do gênio e do vulgo! Um fita o presente, com todas as suas lágrimas e saudades, outro devasssa o futuro com todas as suas auroras. (p. 283)
El horizonte limitado del boticario montado en una bestia se contrapone a la verticalidad del científico montado en un caballo que, con la mirada fija en la amplitud universal de sus investigaciones, deja que el caballo decida el camino a seguir. Como Don Quijote, que delega a Rocinante el trayecto de las andanzas mientras se alimenta de pensamientos visionarios sobre la importancia de su acción caballeresca, Bacamarte se deja llevar por su caballo al lado de su seguidor, quien tiene un ángulo de visión restricto a las orejas de una bestia.[12]
Al igual que Don Quijote, Bacamarte es un lector inveterado, no de libros de caballería sino de estudios científicos que puedan fundamentar sus investigaciones. Vivía absorto en el mundo de las ideas y no le importaban los asuntos triviales de la cotidianeidad:
Ora, todo esse trabalho levava-lhe o melhor e o mais do tempo. Mal dormia e mal comia; e, ainda comendo, era como se trabalhasse, porque ora interrogava um texto antigo, ora ruminava uma questão, e ia muitas vezes de um cabo a outro do jantar sem dizer uma só palavra a D. Evarista. (p.280)
Como en el Quijote, la locura es el motor de la acción del personaje central que se construye sobre una idea fija y sobre un heroísmo desproporcionado al estilo de los grandes héroes épicos. Su meta es tan descabellada como la de Don Quijote, que proyecta restituir al mundo la edad dorada. Veamos, en este sentido, el fragmento en el que Bacamarte habla con el boticario mientras va reflexionando sobre el sentido de su acción: ‘Trata-se, pois, de uma experiência que vai mudar a face da terra. A loucura, objeto dos meus estudos, era até agora uma ilha perdida no oceano da razão; começo a suspeitar que é um continente.’ (p. 284). Sus embestidas ambiciosas en pos de un proyecto grandioso para beneficio de toda la humanidad desembocan en el desengaño, en la revisión del camino recorrido, en la constatación de que él mismo era la excepción a la regla y que, a partir de su definición de locura, nadie, excepto él, entraba totalmente en un cuadro patológico. Como Don Quijote, Bacamarte es la única gran víctima de sí mismo, es el único loco que, de hecho, necesita tratamiento y que creyó que su acción representaba algo positivo para la humanidad. Sin mayores razones para vivir, muere en soledad y silencioso en el asilo que él mismo construyó. Obstinado y anacrónico, Bacamarte buscó un futuro científico para la provinciana Itaguaí en la proporción equivalente en que lo hizo la acción de Don Quijote que, con los ojos puestos en el pasado, quería salvar a la humanidad de los muchos descaminos construidos por motivaciones ajenas a los principios de la caballería.
En la raíz de la locura libresca de Don Quijote, para desconcierto del lector, están los más elevados valores humanitarios en tensión con un mundo que muchas veces no los reconoce. En el caso de Simão Bacamarte, su concepto de locura revestido de cientificismo, está basado en principios morales que tienen como resultado parámetros de crítica social de corte satírico. Su investigación, para él psicológica, desemboca, por un lado, en la crítica a la confianza ciega en la ciencia, en las orientaciones positivistas y en el racionalismo; por otro, en el contexto social, moral y humano considerado a partir de una filosofía de carácter pesimista que no cree en la posibilidad de una sociedad libre del egoísmo, de la vanidad, del oportunismo, de las máscaras sociales y también de las arbitrariedades del poder. En fin, si en un primer momento, los locos son los que presentan algún desvío en relación al comportamiento social y, en algunos casos, los que expresan algún movimiento interior que escape a la norma de la apariencia pública, en el segundo momento de las investigaciones de Bacamarte, los locos son los que disponen de alguna virtud rara. Pero, más allá de los contenidos resultantes de un examen clínico de la sociedad a partir de la mirada de un científico que tiene una idea fija, la novela de Machado de Assis incide en la crítica a las orientaciones del poder político que legitima las acciones del alienista, hijo de la nobleza de la tierra y reconocido hasta por el rey de Portugal, con plenos poderes en relación a la vida de los habitantes de Itaguaí.[13] Poder este del cual no goza Don Quijote, que tiene que conquistar su lugar en el mundo por medio de la persuasión por la palabra más que por la fuerza del brazo.
Ciertamente, si O Alienista reescribe el Quijote ya sea por intermedio del heroísmo insostenible y anacrónico o por la idea fija que orienta la acción del personaje, el hecho es que Machado de Assis fue más allá de los paradigmas quijotescos y construyó un Don Quijote dentro de los sintagmas que compusieron la historia brasileña.
[1] La conferencia fue publicada con el título ‘La singularidad de la fama de Don Quijote’ en Cuadernos de Recienvenido (Curso de Posgrado en Literaturas Española e Hispanoamericana de la Universidad de San Pablo, N° 8, 1998) y recientemente reeditada en Cervantes, XXII, N° 1 (2002), 27-41. Inicialmente, la conferencia fue presentada en el Primer Congreso Internacional Cervantino de la Universidad de Nanking, China,en setiembre de 1997 y luego, en versión inglesa, en University College, Dublín, de la Universidad de Irlanda, en enero de 1998.
[2] Véase de José Luís Jobim (org.) A Biblioteca de Machado de Assis (Río de Janeiro: Academia Brasileña de Letras/ Topbooks, 2001), y de Afrânio Coutinho, A filosofia de Machado de Assis (Río de Janeiro: Casa Editoria Vecchi Ltda, 1940).
[3] Véase de Antonio Candido, ‘Esquema de Machado de Assis’, Vários escritos (San Pablo: Livraria Duas Cidades, 1977) 15-32.
[4] Véase de John Gledson, ‘Os contos de Machado de Assis: o machete e o violoncelo’, Contos: uma antologia, seleção, introdução e notas de J. Gledson, vol. 1 (San Pablo: Companhia de las Letras, 1998) 15-59.
[5] Véase de Valentim Facioli ‘Várias histórias para um homem célebre (Biografia intelectual)’, Machado de Assis (San Pablo: Ática, 1982) 9-59.
[6] Véase de Y. C. Riley ‘Whatever Happened to Heroes? Don Quijote and some Major European Novels of theTwentieth Century’, Cervantes and the Modernists – The Question of Influenece, ed. Edwin Williamson, (Londres: Támesis, 1994) 73-84; de René Girard, Mensonge Romantique et Verité Romanesque (París: Bernard Grasset, 1961).
[7] En agosto de 1997, Carlos Fuentes presentó una conferencia en la Academia Brasileña de Letras en la que analizó las relaciones entre el Quijote y la novela machadiana. Sin embargo, aunque la conferencia fue publicada por la revista Quimera, sólo llegó impresa al público brasileño tres años después con el título ‘O milagre de Machado de Assis’, Caderno Mais –Folha de São Paulo, 01 de octubre de 2000, pp. 4 – 11. El artículo parte del mismo presupuesto adoptado por Fuentes en su ‘Discurso en la entrega del Premio Cervantes 1987’, en el que encuentra en la tradición de la novela dos línea divergentes: la tradición de la Mancha y la tradición de Waterloo. La primera se centra en la propia ficción y para el ensayista y novelista mexicano, esta tradición seguida por Sterne y Diderot será interrumpida por el surgimiento de otro linaje que reorienta la forma de la novela a partir de un carácter realista que privilegia el tema de la movilidad social y la afirmación individual del personaje como aparece en Stendhal y Balzac. En este momento, el acercamiento entre Cervantes y Machado señalado por Fuentes es interesante en lo que respecta a la adopción de determinados procedimientos técnicos y a la creación de un tipo de narrativa realista que difiere del realismo decimonónico. Sin embargo, una parte considerable de la producción ensayística del autor mexicano deja dudas sobre su fundamentación teórica y sus interpretaciones acerca de la literatura y de la historia cuando por momentos resbala en una cierta ahistoricidad. Para una visión crítica sobre la obra de Fuentes, véase de Jacques Joset, ‘Carlos Fuentes o la lectura especular de Cervantes’, Actas del II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles (1995), 887-898.
[8] Sobre las digresiones del narrador en Memórias póstumas de Brás Cubas, véase de Augusto Meyer, ‘O romance machadiano: o homem subterrâneo’, Machado de Assis, org. Alfredo Bosi y otros, (San Pablo: Ed. Ática, 1982) 357-363.
[9] Véase de Roberto Schwarz, Ao vencedor as batatas, (San Pablo: Duas Cidades, 1977) y Um mestre na periferia do capitalismo (San Pablo: Duas Cidades, 1990). Sobre las relaciones entre la literatura brasileña y el Quijote véase de M. Augusta C. Vieira, ‘Las relaciones de poder entre narrador y lector: Cervantes, Almeida Garrett y Machado de Assis’, Cuadernos Hispanoamericanos, 570, (1997) 59-71 y ‘Escritura cervantina e mito Quixotesco no romance brasileiro’, Hispania, Vol. 85, N° 3 (2002), 455-465.
[10] Véase de John Gledson, ‘Os contos de Machado de Assis: o machete e o violoncelo’, 36.
[11] Las referencias relativas a O Alienista proceden de la edición de John Gledson, Contos: uma antologia, vol. 1, 273-327.
[12] Sólo se tienen noticias de un único trabajo publicado sobre la relación entre O Alienista y el Quijote. Se trata del artículo de Massaud Moisés intitulado ‘O Alienista de Machado, uma paródia de D. Quixote? (Jornal da Tarde – Caderno de Sábado, 8 de enero de 2000, p. 1-3). El trabajo señala la correspondencia entre Bacamarte y Don Quijote y también encuentra en esa imagen del médico montado en el caballo al lado de su acompañante una analogía con el caballero y el escudero. Más adelante considera que el valor atribuido a la ciencia correspondería al valor que Dulcinea tiene para Don Quijote. Es importante tener en cuenta que, aunque sea esencial e imprescindible, Dulcinea tiene una función metonímica para el caballero, es decir, es uno de los componentes de su identidad de caballero, mientras que para Bacamarte, la ciencia corresponde a la totalidad, o sea, lo que sería la caballería para Don Quijote.
[13] Sobre la orientación filosófica de Machado de Assis, ver de Afrânio Coutinho, A filosofia de Machado de Assis (Río de Janeiro: Casa Editora Vecchi, 1940); de John Gledson, ‘A sátira da filosofia: Humanitismo, “A Ópera” e o egoísmo’ in Machado de Assis: impostura e realismo, trad. Fernando Py (San Pablo: Companhia das Letras, 1991), 142-154. Sobre el tema del poder en O Alienista, ver de Alfredo Bosi, O enigma do olhar (San Pablo: Editora Ática, 1999), 88-92.